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Nuestra fe en Jesucristo es el centro de nuestro ministerio Desde nuestros comienzos en el año 1950 hasta hoy hemos comprobado la fidelidad de Dios y la visión y perseverancia de los hombres y mujeres que forman este ministerio.

Lo que comenzó como una alianza de unos pocos ha crecido hasta convertirse en más de 300 ministerios en línea trabajando para usar la tecnología y la internet para alcanzar al mundo con el mensaje de Jesucristo.

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Principios a imitar

Como discípulos de Cristo, nuestras vidas deben reflejar los principios de la vida del Señor.
Dependencia
«He aquí mi siervo; yo le sostendré» (Isaías 42.1).
Al volverse hombre, Jesús no se deshizo de ninguno de sus atributos o prerrogativas divinos, sino que Él se vació de voluntad y suficiencia propias. Él se identificó tan estrechamente con nosotros que también necesitó del apoyo divino (Juan 5.19; 7.16; 14.24).
Jesús eligió depender de su Padre tanto respecto de sus palabras como de sus obras. ¿Somos nosotros tan dependientes como lo fue Él? El Espíritu Santo podrá usarnos en la medida en que adoptemos la misma actitud.
Aceptación
«Mi escogido, en quien mi alma tiene contentamiento» (Isaías 42.1).
Nuestra interpretación es la siguiente: “No hablará a alto volumen, ni gritará”. El ministerio del siervo de Dios no debería ser estridente ni ostentoso, sino modesto y retraído. Esa es una cualidad muy deseable en una época de flagrante propaganda propia, de una televisión descarada y de altos decibeles.
El diablo tentó a Jesús en este punto cuando lo desafió a crear una agitación saltando desde el parapeto del templo, pero Él no cayó en el engaño del tentador. Por el contrario, silenció a los que ostentaban de sus milagros en el extranjero. Con frecuencia, podía recluirse de la adulación de la multitud. No realizó ningún milagro para aumentar su prestigio.
Se registra de los querubines, esos siervos angélicos del Señor, que usaban cuatro de sus seis alas para ocultar sus rostros y sus pies: Una representación gráfica de gozo con el servicio oculto.
Empatía
«No quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo que humeare» (Isaías 42.3).
El débil y las fallas del que se equivoca, con frecuencia se ven aplastados bajo el paso insensible de sus congéneres, pero el Siervo ideal se especializa en ministrar a los que generalmente son desdeñados o ignorados. Ninguna vida es tan golpeada y quebrada que Él no pueda restaurarla.
Los trabajadores cristianos ambiciosos y egoístas, como el sacerdote y el levita, pasan por la calle de enfrente para dedicarse a un estrato más elevado de la sociedad. No están dispuestos a seguir enseñando los elementos del evangelio a los simples creyentes, o a dedicarse a alentar a los descarriados para que vuelvan a su senda; quieren un ministerio más digno de sus poderes.
Sin embargo, Jesús encontró deleite y satisfacción en rebajarse para servir a los que la mayoría optaba por ignorar. Su cuidado hábil, amoroso hizo que la flauta rota pudiera sonar de nuevo con música celestial y que se avivara la mecha apenas encendida para llegar a ser una llama brillante. Nunca aplastó ni condenó al penitente. Es una tarea noble ocuparse de los que el mundo ignora.
¡Cuán poco ardió la mecha de Pedro en el salón de juicios de Pilato! Pero qué llama brillante ardió el día de Pentecostés.
Optimismo
«No se cansará ni desmayará, hasta que establezca en la tierra justicia» (Isaías 42.4).
Un pesimista nunca podrá ser un líder inspirador. Buscaremos en vano el pesimismo en la vida o el ministerio del Siervo. Él era realista, no pesimista. Él demostró una confianza inconmovible en el cumplimiento de los propósitos de su Padre y en la venida del reino.
Unción
«He aquí mi siervo… he puesto sobre él mi Espíritu» (Isaías 42.1).
Por sí solas, las cinco cualidades precedentes serán insuficientes para el servicio divino. De verdad, el discípulo necesita un toque sobrenatural. Eso fue provisto para el Siervo ideal de Dios en la unción del Espíritu (Hechos 10.38).
Todo lo que Él hizo fue a través de la potestad del Espíritu Santo. Hasta que el Espíritu descendió sobre Él en su bautismo, Jesús no generó ninguna agitación en Nazaret; luego comenzaron a ocurrir sucesos que sacudieron al mundo.
El mismo Espíritu y la misma unción están disponibles para nosotros. No debemos intentar hacer lo que nuestro ejemplo divino no haría: Embarcarnos en el ministerio sin ser ungidos por el Espíritu.
Dios no da el Espíritu por medida (Juan 3.34), solo nuestra capacidad de recibir es lo que regula la provisión del mismo (Filipenses 1.9).



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