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De corazón

Había un hombre en Alemania, un organista de aldea, que un día estaba practicando en el órgano de la iglesia, interpretando una pieza del maestro de la música llamado Mendelssohn.
No la estaba tocando muy bien; un extraño entró a la iglesia y se sentó en la oscuridad. Advirtió las imperfecciones de la ejecución del organista y se acercó a él diciéndole: «Señor, ¿me permitiría tocar un poco?»
El hombre dijo con rudeza: «¡Por supuesto que no! Nunca le permito a nadie que toque el órgano. El único soy yo».
«Yo estaría tan feliz si usted me diera ese privilegio».
Nuevamente el hombre se negó con rudeza. La tercera vez el pedido fue concedido, pero de mala gana.
El extraño se sentó y comenzó a tocar. ¡Y qué diferencia! Ejecutó la misma pieza, pero fue un cambio maravilloso. Era como si toda la iglesia se hubiera llenado de música celestial.
El organista preguntó: «¿Quién es usted?»
Con modestia, el extraño respondió: «Mi nombre es Mendelssohn».
No le retengas ninguna parte de tu vida al señorío maestro de Cristo.
Puede que estés pensando: Reconozco los reclamos de Cristo respecto del señorío sobre mi vida, y quiero vivir bajo su autoridad, pero mi voluntad es muy débil. Me desilusiona en el momento crucial. ¿De qué manera puedo mantener el reconocimiento de su señorío? ¿Cómo puedo mantenerlo en el trono de mi vida?
Pablo participó de este dilema cuando escribió: «Nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo» (1 Corintios 12.3).
El Espíritu Santo es enviado para permitir que el discípulo mantenga a Cristo en el trono de la vida del creyente, y Él se deleita al hacerlo. Separará nuestro corazón del mundo y apegará nuestros afectos a Cristo. Facultará a nuestra débil voluntad y la fortalecerá para hacer la voluntad de Dios.
La obediencia de corazón es la evidencia verdadera e inequívoca de la realidad del señorío de Cristo en nuestra vida. La prueba no está en lo que digo, sino en lo que hago. Jesús todavía pregunta: «¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?» (Lucas 6.46).



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