¿Salvador o Señor?
No es simplemente creer en ciertos hechos doctrinales. Ser salvo es confiar en quien es el Señor del universo, quien expió tus pecados.
Afirmar que una persona puede tener fe salvadora en Cristo y rechazar a sabiendas el derecho al señorío de Cristo sobre su vida es algo sin sentido. Decir de manera deliberada: «Lo recibiré como Salvador, pero dejaré el tema del señorío para más adelante. Luego decidiré si me inclinaré o no ante su voluntad» es una posición imposible y sin respaldo bíblico.
El llamado del Señor no fue meramente a creer en Él, sino a ser su discípulo y eso implica más que «tomar una decisión» o creer en determinados hechos. Un discípulo es alguien que aprende sobre Cristo con el propósito de obedecer lo que aprenden. Jesús no comisionó a sus discípulos para ir y hacer creyentes de todas las naciones, sino discípulos; los términos no son sinónimos, si bien no puede haber salvación sin fe.
A veces cuando el Espíritu Santo nos ha instado a orar, a testificar, a dar, a romper con algún pecado, a responder a un llamado de Dios o para cualquier otro servicio, ¿hemos dicho: «No, Señor»?
Al hablarle a una gran multitud, Jesús concluyó su mensaje con estas palabras: «¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?» (Lucas 6.46). Reconocer el señorío de Cristo es más que repetir el estribillo: «Él es el Señor, Él es el Señor».
El profeta Isaías afirmó: «Jehová, Dios nuestro, otros señores fuera de ti se han enseñoreado de nosotros» (26.13). No dijo: «en lugar de ti», sino: «fuera de ti». Israel no quería rechazar del todo a Jehová, pero invitó a otros dioses a participar de su lealtad y Dios no tolerará rivales, ninguna lealtad dividida.
Los «otros señores» adoptan diversas formas. Para algunos pueden ser los negocios, para otros el deporte, o el dinero, o alguna ocupación que toma el lugar que debe ocupar Cristo. El peligro es que estos «otros señores», aunque legítimos en sí, pueden ocupar un lugar excesivo en nuestro tiempo y afecto y finalmente pueden desalojar al verdadero Señor.
Debe recordarse que en la época del Nuevo Testamento una confesión de Cristo como Señor significaba un cambio irreversible en la vida pública. En nuestros días se debe decir claramente y con firmeza, que el Señor Jesucristo tiene autoridad absoluta y final sobre toda la iglesia y sobre cada miembro de ella en todos los detalles de la vida cotidiana.
El Señor no reinará en un reino dividido. Si hubo un tiempo en el que Cristo fue realmente coronado como rey de su vida, es saludable formularse la pregunta: «¿Sigue siendo Cristo el rey de mi vida en la práctica cotidiana?»



