No hay temor de Dios
El temor es el sentimiento de un inferior hacia un superior. Temer a Dios es reconocer, como criaturas, su soberanía y sus derechos absolutos sobre nosotros, así como la autoridad de su Palabra. Lo mismo ocurre en el caso de nuestras relaciones con Cristo, dado que somos siervos a los que Él adquirió para sí al pagar nuestro rescate. El temor implica el sentimiento de la obediencia debida a la autoridad, a sus órdenes y a sus mandatos, como así también el sentimiento del servicio que debe prestársele.
Ahora bien, el servidor, al obedecer, trata de agradar a su señor, a quien le debe todo. Un siervo teme a su amo, un hombre al magistrado, un hijo a su padre, pues todos los nombrados en segundo término son representantes de una autoridad que les ha sido confiada por Dios. No hablamos del amor que implican estas diversas relaciones, sino decimos que el temor debe ser la base de ellas. Por eso la primera epístola de Pedro, que dedica mucho a hablar de la conducta cristiana, insiste continuamente acerca del temor. Conozco a Dios como mi Padre, me acerco a él con entera confianza infantil y filial, pero sin perder de vista la deferencia que le es debida. Reconozco sus derechos sobre mí como Dios, Creador, Señor y Amo, y mi único pensamiento será servirle, no con el temblor de un siervo envilecido por el yugo, sino con el pleno disfrute de mi relación con Él como hijo.
Si en el hombre no hay temor de Dios, no hay nada. Ningún vínculo moral entre el alma y él (Salmos 36.1-4). Eso es lo que le falta a una profesión religiosa sin vida, al igual que al hombre incrédulo. El hombre natural, aun si lleva el nombre de cristiano, siempre tiene por guía su propia voluntad, enemiga de la voluntad de Dios, a la que no puede someterse (Romanos 8.7). En cambio, el hecho de convertirse en cristiano implica desde el comienzo una sumisión de fe a la voluntad de Dios. «¿Qué haré, Señor?» pregunta Saulo en el camino a Damasco (Hechos 22.10). La voluntad propia es quebrantada y juzgada, y la de Dios es aceptada como el único medio de salvación: «Él, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas» (Santiago 1.18).



