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El entrenamiento indispensable

Era una condición para ingresar a las Olimpíadas en la antigüedad que el atleta realizara diez meses de riguroso entrenamiento. No se toleraba ninguna excepción. Durante esos meses, debían vivir vidas rigurosamente disciplinadas, restringiendo sus deseos normales y refrenándose de determinados pasatiempos que podrían afectar su estado físico. Debían tener una dieta balanceada y deshacerse de toda grasa superflua.
En realidad no debería existir tal cosa como un discípulo indisciplinado. Ambas palabras provienen de la misma raíz, sin embargo la disciplina se ha convertido en el “patito feo” de la sociedad moderna.
Hoy día se le da mucha preeminencia al Espíritu Santo, y con razón. Pero poca importancia al fruto del Espíritu como aparece en Gálatas 5.22-23. Una de las evidencias más claras de que el Espíritu Santo está obrando con poder en nuestra vida no se refleja meramente en nuestra experiencia emocional, sino en un estilo de vida cada vez más disciplinado. La Biblia afirma: «Todo aquel que lucha, de todo se abstiene; ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible» (1 Corintios 9.25).
El atleta que aspira a ganar el ambicionado premio no hace concesiones. Él está preparado para tomar una posición en contra del espíritu de este mundo sin Dios. ¿No es irónico que mientras las personas aplauden y admiran el sacrificio, la disciplina y el control propio del atleta, se apaguen cuando se sugiere que debería haber una dedicación comparable por parte del discípulo a Cristo?
«Ejercítate para la piedad; porque el ejercicio corporal para poco es provechoso, pero la piedad para todo aprovecha, pues tiene promesa de esta vida presente, y de la venidera” (1 Timoteo 4.8). La palabra que se emplea para «ejercítate» es de la que obtenemos nuestra palabra gimnasio, el lugar en que el atleta aprende a endurecer sus músculos, prolongar su respiración y obtener flexibilidad. El Espíritu Santo te insta a que hagas en la esfera espiritual lo que el atleta hace en el gimnasio. Sería beneficioso para el discípulo ser igualmente celoso en los ejercicios espirituales.
Agustín de Hipona oraba:

Señor, que pueda tener hacia ti,
Un corazón llameante;
Hacia mis congéneres, un corazón de amor;
Hacia mí mismo, un corazón de acero.



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