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Nuestra fe en Jesucristo es el centro de nuestro ministerio Desde nuestros comienzos en el año 1950 hasta hoy hemos comprobado la fidelidad de Dios y la visión y perseverancia de los hombres y mujeres que forman este ministerio.

Lo que comenzó como una alianza de unos pocos ha crecido hasta convertirse en más de 300 ministerios en línea trabajando para usar la tecnología y la internet para alcanzar al mundo con el mensaje de Jesucristo.

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Como Jesús: Dependencia y aceptación

Al volverse hombre, Jesús no se deshizo de ninguno de sus atributos o prerrogativas divinos, sino que Él se vació de voluntad y suficiencia propias. Si bien Jesucristo «quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder» (Hebreos 1.3), se identificó tan estrechamente con nosotros en todas las dolencias de la naturaleza humana, que también necesitó un apoyo divino. Sus palabras lo afirman: «No puede el Hijo hacer nada por sí mismo» (Juan 5.19). «Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió» (Juan 7.16), «la palabra que habéis oído no es mía, sino del Padre que me envió» (Juan 14.24).
Jesús eligió depender de su Padre tanto respecto de sus palabras como de sus obras. ¿Eres tan dependiente del Padre como lo fue Él? Esta paradoja divina es uno de los aspectos increíbles de su encarnación, cuando Él adoptó “forma de siervo” (Fil. 2:7). El Padre afirmó: «He aquí mi siervo; yo le sostendré» (Isaías 42.1). El Espíritu Santo podrá usarte en la medida en que adoptes la misma actitud de Cristo. Debemos ser dependientes de Dios, no podemos ser independientes de Él.
El ministerio de un verdadero siervo de Dios no debería ser estridente ni ostentoso, sino modesto. Esa es una cualidad muy deseable en una época de flagrante exaltación propia usando en nombre de Cristo.
El diablo tentó a Jesús en este punto cuando lo desafió a crear una agitación saltando desde lo más alto del templo, pero Él no cayó en el engaño del tentador. Por el contrario, lo silenció con la misma Palabra de Dios. Jesús no realizó ningún milagro para aumentar su prestigio.
De Jesús se dice: «mi escogido, en quien mi alma tiene contentamiento» (Isaías 42.1).



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