Para que seas felicísimo (tercera parte)
La verdadera felicidad plena se encuentra en ser:
Compasivo de espíritu.
«Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia» (Mateo 5.7). Siempre se extiende la misericordia a quien no se la merece. Si la mereciera, ya no sería misericordia sino mera justicia.
Es posible tener una pasión por la justicia y a la vez carecer de compasión y de misericordia por los que han fracasado en alcanzarla. La misericordia es la capacidad de ponerse en la situación del otro y tener compasión hacia su lucha o problema. Como la mansedumbre, esta es una gracia distintivamente cristiana. Naturalmente, tendemos más a la crítica que a la misericordia.
La lástima puede ser estéril. Pero para volverse misericordioso, uno debe pasar de la pura emoción a la acción compasiva. Si bien la misericordia no perdona el pecado, ayuda a remediar sus estragos. La misericordia alienta al que ha caído a comenzar de nuevo.
Nuestra experiencia personal será el rebote de nuestras actitudes y reacciones. Como ocurre con la física, donde la acción y la reacción son iguales y opuestas, a los que sean misericordiosos se les mostrará la misericordia, y si se nos muestra misericordia, seremos misericordiosos. «Ellos alcanzarán misericordia».
Limpio de corazón.
«Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios» (Mateo 5.8).
La limpieza de corazón conlleva claridad de visión. Aquí el énfasis está puesto en la pureza interior y en la realidad en contraposición con la respetabilidad externa.
La revelación de Dios que aquí se visualiza no se le otorga al intelecto poderoso a no ser que esté acompañado por un corazón limpio. Es más que un concepto intelectual el que tenemos en esta cualidad; no es una cuestión de ópticas sino de afinidad moral y espiritual. El pecado nubla la visión. La palabra limpio aquí significa «no adulterado», libre de deterioro, sincero y sin hipocresía. «Ellos verán a Dios».



